Pedir protección no debería ser tan difícil
España reconoce formalmente el derecho de asilo. Existen leyes, tratados internacionales y procedimientos para solicitarlo. Pero en la práctica, acceder al sistema de asilo es cada vez más difícil. Quienes llegan huyendo de situaciones extremas —violencia, persecución, amenazas— se enfrentan no solo al trauma del exilio, sino a un entramado legal y administrativo que parece diseñado para disuadir.
Barreras desde el primer paso
El primer obstáculo suele ser el acceso al procedimiento. Aunque cualquier persona puede solicitar asilo en frontera, comisaría o dentro del territorio, las citas están saturadas o directamente bloqueadas durante meses. Esto deja a muchas personas sin posibilidad real de formalizar su solicitud.
En contextos como Ceuta, Melilla o aeropuertos internacionales, se han documentado devoluciones sumarias y denegaciones sin garantías. La frontera no es solo geográfica: es también jurídica y política.
Las cifras no mienten
En los últimos años, España ha denegado más del 65% de las solicitudes de asilo, a pesar de que muchas proceden de países con contextos ampliamente reconocidos de violencia o inestabilidad. Mientras otros países europeos reconocen con mayor regularidad perfiles similares, en España la respuesta habitual es la inadmisión o la denegación.
El reconocimiento del estatuto de refugiado sigue siendo minoritario: la mayor parte de las resoluciones favorables otorgan solo protección subsidiaria, más limitada y frágil.
Una espera interminable
Aunque la ley establece plazos, lo habitual es que los procedimientos se alarguen durante más de un año. Mientras tanto, las personas solicitantes viven en un limbo jurídico: pueden residir legalmente, pero encuentran múltiples obstáculos para acceder al empleo, la formación o la vivienda.
La espera afecta la salud mental, dificulta la integración y prolonga la incertidumbre de quienes solo buscan seguridad y estabilidad.
El asilo, cada vez más estrecho
El endurecimiento de la política migratoria europea también tiene eco en España. El uso creciente de conceptos como “tercer país seguro” o “riesgo para la seguridad nacional” reduce las posibilidades de protección y aumenta las denegaciones por motivos formales.
Además, el relato institucional a menudo vincula migración con amenaza, lo que favorece una gestión securitaria del asilo: controles, sospechas, filtros. El enfoque humanitario se diluye en medio de procedimientos restrictivos.
¿Qué podemos hacer?
El derecho de asilo no puede quedarse en el papel. Requiere voluntad política, garantías reales y una mirada que ponga en el centro la dignidad humana.
Comprender las barreras del sistema es el primer paso. Sensibilizar sobre esta realidad es una forma de resistencia: porque lo que está en juego no es solo un trámite administrativo, sino la vida de miles de personas que han tenido que huir para seguir existiendo.

